Mi experiencia con el mal de altura en Chile y Bolivia II

Continúo con el relato de mi experiencia en Chile y Bolivia donde padecí mal de altura. Si no has leído la primera parte, en el siguiente enlace puedes acceder a él: Mi experiencia con el mal de altura en Chile y Bolivia I.

[…]

Afortunadamente, por la noche me dijeron que las pruebas realizadas, TAC y la de arteria para saber si tenía trombo pulmonar, habían dado bien, que podía viajar en avión. Enseguida compré mi billete de avión para irme a esa ciudad de la que no sabía nada de nada, solo que era la más próxima con baja altitud, Santa Cruz. Luego ya vería cómo hacer para volverme a casa.

Había comprado un billete para las 10 de la mañana pensando que me darían el alta a las 7 y, de seguir insistiendo en que no habían recibido la autorización de la aseguradora, me daría tiempo de ir a un cajero. Esa noche no dormí nada. Sobre las 5 de la mañana vino el médico de planta y me preguntó cómo iba a hacer para el pago de la factura… Hizo un cálculo rápido y finalmente el coste ascendía a más de 12.000 bolivianos y con el dinero que yo tenía no me llegaba. Tendría que permanecer en Sucre cuatro días más para poder sacar cada día los 2.000 que me permitía el cajero. ¡Me parecía de locos! Me sentía totalmente atrapada allí. Sobre todo sabiendo que desde la aseguradora me decían que tenían todo gestionado, que habían enviado las autorizaciones inmediatamente.

Desde España seguían haciendo las gestiones y llamando mil veces a la aseguradora. No daban crédito a lo que ocurría, parece ser que contactaron con el mediador y, por fin, a las 8 de la mañana llegó una médica para decirme que ya tenían todos los papeles, que me podía ir sin pagar nada. Para entonces yo ya estaba vestida y con todo preparado. Tenía que irme cuanto antes para poder coger el vuelo. Solo deseaba marcharme de allí cuanto antes.

Estuve esperando un buen rato a que redactaran el alta y pusieran en un papelito toda la medicación pautada, cosa que les debió de llevar unos diez minutos. Yo ya estaba desesperada por marchar cuando de repente una enfermera me dice que le acompañe a la habitación donde yo había estado. No entendía nada, pero la seguí. Al llegar me señala una mesita de noche y me indica que el cristal estaba roto y que cuando yo llegué no lo estaba. La miré y le dije: estás de broma, ¿no? Me dijo que no, que tenía que pagarlo. Para entonces mi paciencia había llegado al límite. Le dije que no. Que yo no había roto nada, que ni siquiera había usado esa mesa y que me marchaba inmediatamente de allí. Me decía que no podía ser, me mantuve firme. Me daba igual lo que costase, aunque fuese poco, ya me parecía que me estaban tomando el pelo.

Finalmente me dijo que me marchara y, cargada con mi mochila, que en ese momento me parecía que pesaba el triple de lo real, me dirigí a la puerta para coger un taxi. Cuando estaba saliendo me llamó el portero para decirme que no podía marchar sin pagar el coste de la rotura del cristal. ¿En serio? Le dije que ya estaba resuelto, él decía que no. Yo ya estaba sacando las fuerzas de donde no las tenía para enfadarme y mandarlos de paseo. En eso que bajó la enfermera para decirle, en bajo, que ese gasto lo meterían en el seguro como medicamento… Me dio igual, yo solo quería coger mi taxi y no perder el vuelo.

Al salir a la calle me encontré con el conductor de la ambulancia del día anterior, le conté que necesitaba un taxi cuanto antes para llegar al aeropuerto y me dijo que ya se encargaba él. Al poco paró uno y me subí en él. Cuando me giro veo que al otro lado había una señora. Le pregunté si iba al aeropuerto también, me dijo que no, que iba a unas calles más abajo. Le dije al taxista que yo tenía muchísima prisa, que si no podía ir directo al aeropuerto era mejor que cambiase de taxi. Entonces la mujer, muy amable, me dijo que ya ella bajaba un poco más adelante, justo en la salida hacia la carretera al aeropuerto. Le di un millón de gracias y allá salimos.

Al decirle al taxista que iba muy justa de tiempo para coger el avión se lo tomó muy en serio y fuimos a velocidad de vértigo por esas carreteras de montaña estrechas y con baches. Tal era mis estado que cerré los ojos y pensé, bueno, si tiene que ser que sea, pero ya directa al tanatorio, no quiero pisar un hospital, estaba absolutamente agotada, a punto de tirar la toalla.

Por suerte llegamos sin incidentes y a tiempo. Vi que tenía una llamada perdida de la aseguradora de España, les llamé pero la chica con la que tenía que hablar no estaba disponible. Les dije que llamaría de nuevo al llegar a Santa Cruz. La verdad es que no tenía ni idea qué hacer al llegar allí. Me iría a un hotel a descansar y luego ya vería cómo hacer. Paso a paso. Primero tenía que bajar de altitud. Tenía la tonta esperanza de que todo pasase al llegar allí.

mal de altura, Sucre

Rumbo, por fin, a Santa Cruz.

Nada más aterrizar llamé a la aseguradora y me encuentro con que me dice que han visto el parte y que como pone que tenía ansiedad, quería avisarme que el seguro no se hace responsable de crisis nerviosas, ansiedad ni enfermedades mentales. Eso era lo que me faltaba. Lo primero que le dije es que si consideraba que ese era el momento para decirme eso y lo segundo, que si creía que todo lo que tenía podría ser generado por ansiedad… como por ejemplo el edema pulmonar.

Me dijo que los médicos habían revisado toda la documentación aportada por la clínica y que no entendían muy bien algunas cosas y que preferían que fuese directamente al hospital de la ciudad. Vale, bien, no pasa nada, el descanso en un hotel va a tener que esperar, pero mejor así, que me vean de nuevo.

Esperé a que me llamasen para decirme cuándo me iban a recoger al aeropuerto, pero después de una hora me avisan de que no tienen coches disponibles, que mejor me cogiese un taxi. Me podían haber avisado antes, pensé, pero ya daba igual. Cogería un taxi sin problema. Ya a esas alturas todo me daba bastante igual.

Cuando llegué me sorprendieron las instalaciones, nada que ver con la pequeña clínica de Sucre. Éste era un hospital de verdad… Me atendieron enseguida y le di al médico el parte de alta y la medicación que estaba tomando. Sin haberme explorado me dijo que me iba a quitar toda la medicación que tenía pautada, que era una barbaridad, toda, menos los antibióticos. Le pregunté por qué y me dijo que todo lo que me estaban dando era para evitar infartos, que era una medicación muy fuerte e innecesaria allí. Que lo que tenían que haber hecho en Sucre era una evacuación inmediata en vez de permanecer más días en altitud. Para no arriesgarse a que me pasase nada estando ingresada, me habían dado esos medicamentos. Yo ni me enfadé.

También me dijo que no pensase que todo había acabado. Que el bajar de altitud no tenía efectos inmediatos. Que así como el cuerpo sufría al subir, también iba a volver a sufrir al bajar en el estado que estaba. Eso iba a llevar su tiempo.

Me hicieron más pruebas y me dijo que también me iba a sacar los antibióticos, que no tenía salmonella… Lo que sí tenía era una fuerte deshidratación y muy bajo el potasio. Me pondrían una vía con suero y potasio y en dos horas ya me podría marchar a descansar.

Hubo cambio de turno de médico y el siguiente que vino y vio mi parte me dijo lo mismo que el anterior. Que no entendía como no me había evacuado nada más verme en la clínica, que no era la primera vez que pasaba eso y que retenían a los turistas para sacar beneficio. No sé si es cierto, él dio su opinión al respecto y yo, viendo todo lo que me pasó, le di la razón.

Mientras estaba tumbada con el suero empecé a pensar en qué iba a hacer. Me faltaban 15 días para mi vuelo desde Santiago y para poder llegar allí era casi imposible no pasar por La Paz, cosa que me estaba prohibida. Los vuelos por Buenos Aires eran carísimos y las opciones para no pisar la capital pasaban por recorrerme media Sudamérica. De repente se me ocurrió buscar un vuelo desde ahí a Madrid, por si acaso. ¡Cual fue mi sorpresa que encontré un vuelo directo! Por fin una buena noticia. Eché cuentas y me salía más barato pagar ese vuelo (ya el tercer vuelo que tenía para regresar a España) que llegar a Santiago y permanecer allí esperando a la salida del último que había comprado.

mal de altura, Bolivia

De nuevo con una vía para hidratarme y recuperar el potasio.

Toda emocionada le pregunté al médico si podía viajar, le conté que yo solo deseaba estar en mi casa y descansar, que no podía seguir con la ruta prevista y que había encontrado un vuelo para el día siguiente directo a Madrid. Me dijo que era pronto, le dije que había otro para dos días después, además, salía por la noche, casi eran tres días… Mi cara era de: porfa, porfa, porfa. Con un gesto teatral me dijo, ¡venga, coge ese vuelo y regresa a casa! Eso sí, estos dos días de reposo absoluto y rehidratación. También tenía que intentar comer algo, creo que había perdido unos cinco kilos. Casi me levanto para darle dos besos, en tres días podría estar en mi casa por fin. Estaba obsesionada con eso, mi casa, mi familia, mis amigos. Jamás en mi vida los añoré tanto.

Cuando me dieron de alta me dirigí a un hotel en el centro donde iba a permanecer en reposo hasta que llegase la hora de ir al aeropuerto. Se portaron genial conmigo y ellos fueron los que fueron a comprarme la medicación nueva y los litros y litros de bebida energética. Hasta me llevaron las comidas. La verdad es que es una maravilla cuando te encuentras con personas tan amables. Así como no pude conocer nada de Sucre, tampoco conocí nada de Santa Cruz de la Sierra. Solo pude ver los trayectos que hice en taxi hacia el hospital y hotel.

Por fin llegó el día de coger el vuelo. Yo seguía igual de cansada y dificultad para respirar, aunque ya no tenía tantos hormigueos. Había pensado decirle a las azafatas que si podían darme una fila de asientos para mi, contarle como estaba y ver si podían ayudarme. Cuando estaba ya en el mostrador me envió un mensaje mi buena amiga Mónica, que fue sobrecargo y le conté lo que pensaba hacer. Me dijo que ni se me ocurriera, que si lo decía lo más probable es que no me dejasen embarcar. ¡Por qué poco no me quedé en tierra!

En el hospital en Santiago de Compostela

Después de una escala en Madrid, donde mis buenos amigos Denys y Kate fueron a buscarme para que descansase en su casa, cogí por fin mi vuelo para Santiago, iba a llegar a las 11 de la noche, estaba muerta, pero mi casa estaba cada vez más cerca. O eso creía yo.

Sí llegué a mi casa, pero había decidido ir al día siguiente temprano al hospital para que me volviesen a ver y hacer un chequeo después de los vuelos. Pasé la noche y temprano me llevó una amiga hasta allí. Pensé que iba a ser rutinario, analíticas y poco más. Seguía agotada y solo pensaba en volver a mi casa, pero las horas iban pasando y no me daban los resultados. Había entrado antes de las 9 de la mañana y las pruebas me las hicieron muy rápido. Eran las 4 de la tarde y aún no sabía nada. No podía con mi alma. Pedí hablar con el médico para pedir el alta voluntaria y seguir con las pruebas otro día cuando justo me llamaron. Le dije mi intención, que yo no podía más, que necesitaba tumbarme, que me costaba respirar y que me marchaba para mi casa. Su respuesta fue clara: no me lo aconsejaba, la cosa parecía más seria ya que con las primeras pruebas pensaban que tenía un trombo pulmonar… Casi le lloro ahí mismo. Le pregunté qué tenía que hacer y me dijo que en caso afirmativo, tendría que estar ingresada recibiendo tratamiento y así estaría hasta no averiguar el origen. El mundo volvió a derrumbarse. No podía más. Tenía que pasar a un box y en unas horas me harían una prueba de descarte, pero que contase con pasar la noche allí. Mi hermana me acompañaba fuera, cuando salí ya no pude contenerme y eché a llorar. No podía estar ocurriendo eso. Me calmó y esperamos a que me llamasen para entrar en el box. Sobre las doce de la noche fueron a hacerme la prueba y una hora más tarde entró una médica para preguntarme qué me pasaba. Le dije que creía que nada… que yo solo necesitaba descansar, que necesitaba irme para mi casa. Cual fue mi sorpresa cuando me dijo que ella también opinaba lo mismo. La prueba había dado negativo y podía marcharme, por fin, para mi casa.

Pero todavía mi mala suerte no había acabado

Tardé varios meses en recuperarme del todo, la fatiga y malestar me acompañó durante mucho tiempo y es por ello que he tardado tanto en ponerme a escribir sobre esta experiencia. Tengo que añadir que, a los 15 días de estar en casa seguía con la cabeza dándome vueltas y fui al médico para ver qué pasaba. Había ido en moto y llovía. A la vuelta, después de decirme que no sabía qué podía ser y que tenía que seguir descansando, cuando estaba sobre un paso de peatones, el coche de delante frenó y yo tuve que hacer lo mismo. En cuestión de segundos me encontré en el suelo y vi como la moto marchaba sola, miré rápidamente para atrás por si venía un coche. Por suerte no había nada, si no, me hubiese arrollado. Me quedé sentada en medio de la carretera sin poder mover las piernas y me fui arrastrando hacia el bordillo. Pasó un coche por el carril contrario que se limitó a mirarme en el suelo. Inmediatamente vinieron las personas que estaban en la terraza de una cafetería a ayudarme. Sacaron la moto de la carretera, llamaron al 112 y al poco apareció la policía y una ambulancia. Yo estaba en estado de shock. Todo me parecía como estar viendo una película en la cual yo era la protagonista.

Otra vez me vi dentro de una ambulancia camino, de nuevo, a una clínica. Yo solo decía: creo que estoy bien, no me pasa nada, tengo que estar bien. Pero no, no estaba tan bien. Me hicieron varias pruebas y salí de la clínica con muletas, la mano izquierda con una férula y vendada la rodilla derecha. Tenía contracturado el cuello y a la semana me pautaron fisioterapia, me hicieron más pruebas para ver los tobillos, ya que uno de ellos tenía líquido. Aquel día, al llegar a casa rompí a llorar de nuevo.

Conclusión

El no haberle dado la importancia debida a los síntomas pudo haber causado estragos en mis órganos, daños irreparables e, incluso la muerte. No es ninguna tontería el mal de altura y he aprendido la lección. Con este artículo solo quiero contar mi experiencia para que tomemos las precauciones necesarias y hagamos caso a nuestro cuerpo. Con síntomas de mal de altura lo normal es bajar a los dos o tres días en caso de que estos persistan. No hacerlo puede ser extremadamente peligroso.

En breve escribiré un post específico sobre el mal de altura con el que contaré con la supervisión de un amigo médico. Espero que todo esto sirva para tener más prudencia a la hora de hacer ascensiones, aunque sean a 2.500 metros de altitud, como fue mi caso y a no olvidarse de contratar un seguro de viajes. En este caso se hicieron cargo de todos los gastos médicos y algunos traslados, todo ello ascendía a más de 3.000 €. El problema en la gestión no fue de la aseguradora Intermundial, sino el mediador en Bolivia y el caso es que finalmente todo se arregló y no tuve que hacer tal desembolso. Cubrieron los gastos de desplazamiento, medicación y hotel, no así el vuelo internacional de regreso, ya que en los partes médicos no se especificó esta necesidad.

Quiero agradecer desde aquí a todas las personas que me ayudaron y estuvieron pendientes de todo, en especial a Sara, que sufrió conmigo las horas de angustia e impotencia y que llevó toda la gestión del seguro. ¡Mil gracias a todos!

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16 comentarios

  1. Sabia la historia solo a medias, no veas lo mal que lo tuviste que pasar… Por suerte todo ha quedado en un mal recuerdo.

    Un abrazo fuerte

    • Sí, todo ha quedado en un mal recuerdo, aunque ahora ya lo puedo contar hasta con sentido del humor. Lección aprendida!
      Un abrazo fuerte Jose, a ver cuándo nos vemos!
      Besitos!

  2. Uf, qué mala experiencia. Cuando estuve en Botsuana hace unos meses tuve una gingivoestomatitis herpética. Estaba en pleno delta del Okavango y pensaba que sería una infección bacteriana, así que empecé a tomar los antibióticos que llevaba. Pasaban los días y aquello solo iba a peor, así que tuve que hacer autostop hasta la ciudad más cercana con centros médicos, a 4 horas de distancia. Ninguno supo dar con lo que me pasaba, solo seguían dándome más antibióticos y yo sin ver ninguna mejoría. Finalmente fue la médica del seguro la que hizo el diagnóstico a partir de los síntomas y de fotos que le iba enviando. Al final en realidad no se podía hacer nada porque se curaría solo, pero me podría haber evitado los bombardeos de antibiótico (hasta en vena) y la angustia de no saber qué me pasaba y por qué. En fin, de todo se aprende en esta vida.

    Y por cierto, me parece indignante que en una clínica se intenten aprovechar de un turista a costa de su salud, no solo teniéndote ahí días innecesariamente, sino además acusándote de haber roto algo. No se puede ser más ruin…

    De todas formas, estas cosas no deben impedir que sigas viajando. Simplemente hay que intentar ser precavida y actuar en cuanto notes que algo no va bien.

    Un saludo,
    Almudena

    • Sí Almudena, fue una experiencia horrible que no deseo a nadie. Se juntaron muchos factores, pero la responsabilidad fue mía por no haber bajado al cuarto día de sentirme mal. Nunca pensé en estas consecuencias e hice mal. Conocía el mal de altura pero como nunca me había pasado… pues no, puede pasar en cualquier momento, lección aprendida. Sobre la clínica, en fin, sin comentarios!
      La gran pena fue que tenía 45 días para conocer el norte de Chile, Bolivia y el este de Argentina, y estos dos quedaron pendientes. Algún día volveré, eso seguro.
      Un fuerte abrazo.

  3. ¡Qué horror, Sabela! Parece que todos los astros se alinearon en tu contra.
    Y está claro que la “especialidad” de esa clínica de Sucre es secuestrar, estafar y poner en riesgo la vida de viajeros afectados por mal de altura.

    • Sí, todos los astros se alinearon ya durante todo el año 2017! vaya añito… dejémoslo pasar ¡y a por el 2018! Lo de la clínica, en fin, no quiero darle más vueltas, solo espero que quienes tengan síntomas de mal de altura, sean más prudentes que yo, escuchen a su cuerpo y bajen a tiempo. Un fuerte abrazo Marco!

  4. Pingback: Mi experiencia con el mal de altura en Chile y Bolivia I

  5. Me he puesto a leer el artículo porque me ha llamado la atención lo del mal de altura. Nosotros, haciendo el trekking del Annapurna en Nepal, tuvimos mucha precaución e intentamos ir subiendo poco a poco, que se supone que es lo más importante para que el cuerpo se aclimate. Solo tuvimos dolor de cabeza a 4800m, pero fue tomarnos un ibuprofeno y se nos pasó. También es cierto que llevábamos más de una semana subiendo paulatinamente. Con tu permiso he dejado el link donde hablamos precisamente del mal de altura y ¡me alegro que todo haya terminado bien!

    • El tema es que yo nunca había sentido ningún síntoma, hace pocos años hice el trekking al Toubkal, 4.200 m, y no tuve ningún problema. He estado otras muchas veces en altitudes superiores a 2.500 y tampoco. Supongo que si hubiese sido haciendo un trekking, me lo hubiese tomado más en serio, pero al no hacer nada, simplemente subir a 2.400, pensé que sería porque me encontraba yo mal, o en baja forma.
      En breve escribiré un post específico, con la ayuda de un amigo médico, porque creo que hay que tomárselo todo mucho más en serio. Tarde muchos meses en recuperarme y pude haberme quedado con secuelas o algo peor…
      Pensaba hacer el circuito de Annapurna hace unos años, cuando había organizado mi viaje a Nepal, pero luego lo cambié por Myanmar! ¡Lo tengo pendiente! Y este verano, a recorrer en moto Vietnam 48 días, ¡siguiendo casi que vuestros pasos! Un abrazo muy fuerte

      • Eiii, que no me había llegado notificación y no sabía que habías contestado. Si vas a hacer Vietnam en moto te encantará, ya verás. Al moverte a tu aire puedes huir un poco de las zonas más turísticas y disfrutar el viaje de otro modo. Este domingo que viene me largo de nuevo allí 😉 ¡Mira que nos gusta repetir países!

  6. Escribes muy bien, y muy correcto, con todas las tildes y estupenda ortografía. Por eso me han chocado varias cosas, como “félula” en vez de “férula” y las dos erratas de la frase siguiente: “Por suerte no había nada, sino, me hubiese arroyado”, me refiero a “si no” (que en este caso toca separado) y “arrollado” de “arrollar ” y no de “arroyo” que no suelen “arrollar” mucho ni siquiera “arroyar”, (suelen ser los torrentes quienes crecen de forma súbita).

    En cuanto al uso de la palabra “médica” como sustantivo, me choca, como me chocaría decir “el centinelo” o “el ciclisto”. Pero supongo que las fronteras son difusas y, en unos casos se feminiza o masculiniza (“jueza”, “asistenta” y otras no). Hay una apuesta o opción personal y punto.

    Y en relación a lo de aprovecharse de turistas, mi mala experiencia fue Hertz de Perú (aeropuerto de Lima) que se organizaron para robarme el autorradio (la máscara del mismo) y cobrármelo entero. Y no tengo dudas de que estuvieron implicados, hay demasiados datos que lo confirman, aunque ahora no puedo contarlo todo aquí, no es el sitio, no tengo ninguna duda. Y el coche que me alquilaron fue con las ruedas ya lisas, lo que me valió tres pinchazos y una llanta (allí le llaman “aro” y eso fue toda otra complicación) deformada, que me cobraron a precio de oro. En cuanto lo iba a tomar prestado les avisé del mal estado de los neumáticos y me dijeron que no me preocupara, que allí no llovía. En Lima no, es cierto, pero yo tenía intención de llegar hasta Cuzco, y en la cordillera sí que llovió. Por si acaso no se lo dije, me arriesgaba a que me dejaran sin coche.

    En el segundo viaje el coche que me había reservado se lo adjudicaron a otra persona, así que, además de que Aircomet me jodió con casi 6 horas de retraso en mi vuelo (y luego quebraron para no indemnizarme, a lo que tenía derecho), llego a Lima agotado y me encuentro sin coche. Además, en esas épocas navideñas fue imposible encontrar otro (solo había libres todoterrenos enormes y de presupuesto equivalente).

    ¿Al final? Di con un concesionario Toyota (por desgracia lejos de aeropuerto) que me alquiló un utilitario precioso, nuevito, con solo 2.000Km, con auténticos neumáticos surcados profundamente y al que yo le hice más kilómetros de los que ya tenía. Fue genial y se portaron muy bien con mi sobrekilometraje y con una pequeña marca que apareció en el coche, que asumieron.

    Si a alguien le interesa le facilito el contacto.

    ¡Ánimo, gracias, y a seguir viajando (en directo o en diferido, como aquí)!

    • ¡No sabes lo que te agradezco las correcciones! Este post lo escribí de una tirada tal cuál salía de los recuerdos y del corazón y no lo repasé más que una vez. ¡Lo de arroyar es un error muy grave!, me avergüenzo… 🙁
      Yo tengo más experiencias malas con aprovecharse de los turistas en diferentes países. Es una pena, pero supongo que en todos lados hay aprovechados. Lo importante es que no joroben el viaje y seguir disfrutando de él.
      Un abrazo y gracias de nuevo por todo.

  7. Me pongo a sugerir correcciones y soy yo quien mete la pata (¡Jajaja!):

    “en unos casos se feminiza o masculiniza (“jueza”, “asistenta”…) y en otros no. Hay una apuesta u opción personal y punto.”

    Así me quedo más tranquilo.

    ¡Abrazos!

  8. Sabela,qué mal rato he pasado imaginando por todo lo que pasaste. Ahora voy a leer los consejos porque pienso seguirlos a raja tabla. Me alegro de que estés bien. Un abrazo desde Palma.

    • ¡Hola! Siento que pasaras un mal rato, ¡no era mi intención! jajajaja. La verdad es que fue una experiencia muy mala, pero bueno, al final todo salió bien. A ver si estos días escribo el post con los consejos, porque creo que es necesario… Un gran abrazo!

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