Mi experiencia con el mal de altura en Chile y Bolivia I

Llegué a San Pedro de Atacama un sábado por la mañana después de un viaje en autobús nocturno desde el pequeño pueblo costero de Caldera. El día anterior había estado en la playa bajo el sol de invierno y esa fue la explicación que me di ante el dolor de cabeza que sentí al poco de llegar. Me instalé en mi albergue y el primer día di un pequeño paseo y volví para encerrarme a oscuras en mi habitación. La fatiga podía conmigo y ni hambre tenía.

El domingo comenzaban mis actividades en los alrededores de San Pedro y, aunque yo no tenía mucho humor para ellas, me animé a mi primera visita, la Laguna Cejar. El dolor de cabeza me acompañó todo el viaje y, por suerte, no había que caminar demasiado, porque la fatiga no me dejaba dar dos pasos sin sentirme agotada.

Al día siguiente continuaban mis actividades, dos por día, para aprovechar bien el tiempo, aunque la verdad es que yo solo deseaba llegar al albergue para tumbarme en cama a descansar.

Tengo que reconocer que todo lo que vi fue espectacular, los paisajes de Atacama son de otro planeta. La pena era no tener la energía ni ganas suficientes como para disfrutarlas plenamente y empaparme de todo lo que me rodeaba.

San Pedro de atacama, chile

Mi viaje continuaba en solitario. En el albergue estaba yo sola y no conecté con nadie durante las actividades para poder charlar un rato o ir a cenar juntos. La gran mayoría eran parejas y el resto grupos de jóvenes que estaban más pendientes de los selfies que de disfrutar de lo que estaban viviendo.

Así fueron pasando los días y mi dolor de cabeza iba en aumento. La recomendación de tomar hasta un litro de infusión de coca no surtía efecto, así que me fui a la farmacia. Me confirmó que era mal de altura, que podría tomar paracetamol y que intentase comprar oxígeno. Horas después comprobé que se habían agotado en todo San Pedro, así que solo me quedaban las infusiones y pastillas, que no ayudaban tampoco demasiado.

La mayoría de las personas que me fui encontrando en el camino y a las que le comentaba mi estado me decían lo mismo, es cuestión de tiempo. “La climatización, decían. Es normal que los primeros días te duela la cabeza. Incluso es normal la fatiga, el dolor de estómago y la falta de respiración. Es más, es habitual que te sientas deprimida y con la lágrima en el ojo, todo son efectos normales del mal de altura. Sigue tomando infusión y mastica las hojas de coca, eso te ayudará”. Esas fueron las recomendaciones que me daban todos y que yo concluí que sería así, solo cuestión de aguantar unos días más.

Para entonces me quedaban por delante 30 días de viaje y en el estado que me encontraba me parecía un infierno. Llamé a Iberia para saber si podía cambiar mi vuelo, pero el coste era superior que si compraba uno nuevo. Después de pensarlo mucho, decidí comprar un billete para quince días después, tiempo suficiente para ir hasta Bolivia y volver a Santiago, en Chile. Eso me dio ánimos.

Al quinto día de estar en San Pedro tenía el tour para ir hasta Uyuni, por donde pasaríamos por zonas de altitud hasta los 4.900 m, así que me planteé varias veces si debería o no hacerlo. Las respuestas ante esta duda también fueron las mismas, cuestión de tiempo, el cuerpo se aclimata…

Como no vi muchas más opciones y realmente era un viaje que me apetecía mucho hacer, decidí emprender ese recorrido por las altas montañas de Bolivia que me llevaría hasta Uyuni. Tengo que reconocer que iba un poco asustada porque sabía que estaría en medio de la nada y que tendría que aguantar el dolor de cabeza como fuese, aunque me estallara, pues estaría durante dos días en zonas casi incomunicadas.

Por suerte el recorrido hacia Uyuni fue espectacular y me animó bastante el buen grupo de personas con las que compartía el todoterreno. Eso sí, el dolor de cabeza no me daba tregua. Seguía ahí, constante, no me dejaba descansar. Por la noche me despertaba con la sensación que me faltaba el aire, pero ya me habían avisado que era normal. La fatiga parecía que iba a menos, aunque también es cierto que no había actividad física más allá de pequeños desplazamientos hasta las orillas de los lagos. Durante todo el día me tomaba unos tres litros de agua, dos infusiones de coca y masticaba varias veces las hojas de coca. Esto no ayudaba a que el apetito volviese, así que para entonces es posible que ya hubiese perdido casi dos kilos.

Cuando llegamos a Uyuni, después de la visita programada al cementerio de trenes, nos fuimos parte del grupo directamente a Potosí, a 4090 m. Para entonces mi fatiga había vuelto, pero esta vez acompañada de un gran bajón emocional. Mi ritmo era muy lento y aún así me agotaba. Comer era casi un suplicio y yo lo único que quería era descansar en la cama.

Fue una pena, porque en Potosí estaban celebrando la fiesta nacional y todas las calles estaban llenas de color y música. Esa misma música que a mis oídos era un castigo de ruido infernal. No pude disfrutar de esa experiencia, perderme entre sus estrechas calles y probar la comida local. Una de las grandes atracciones que tiene Potosí, es la visita a sus minas. Mis compañeros de viaje iban a hacerla y yo me animé a “intentarlo”, así que al día siguiente por la mañana me puse el mono, botas y casco para entrar en la mina, pero no había avanzado unos metros cuando le dije al guía que yo no podría hacerlo. A mi dificultad para respirar había que añadir el polvo en suspensión que había en su interior y la verdad, pensar en estar encerrada en pasillos tan estrechos a tantos metros bajo tierra, no me resultó nada tentador. Di la vuelta y esperé durante dos horas al grupo entre los perros que jugaban con la chatarra que allí afuera se acumulaba.

Potosí, Bolivia

Al volver de la excursión pasamos por el albergue a recoger nuestras cosas y buscar el primer autobús que nos llevase a Sucre. Esperaba que con este descenso de altitud a 2810 m me fuese a encontrar mejor. Llegamos ya casi de noche y la búsqueda de un albergue económico junto con Patricia, la que ya llevaba siendo mi compañera de viaje desde San Pedro, llegó a ser agotador. La pobre tenía que esperar por mi cada poco porque mi ritmo era muy lento, yo no podía con mi alma.

Nos fuimos a cenar y yo decidí regresar antes. Me notaba torpe en el habla y en la comprensión y mi memoria, nada buena en estado normal, iba a menos. Al volver al albergue iba haciendo eses. Me costaba horrores caminar en línea recta y aunque estábamos muy cerca, me pareció que estaba recorriendo largos kilómetros. Llegué rendida a mi cama e intenté dormir, no sin antes replantearme continuar el viaje hacia La Paz, donde volvería a subir de altitud.

Al día siguiente le comenté mis síntomas a unas chicas francesas con las que compartía habitación. El hormigueo en manos, pies y cara empezaba a ser demasiado desagradable y les conté mi inquietud sobre ir o no hasta la capital. Enseguida me dijeron que debería ir al médico y, tengo que reconocer que no se me había ocurrido… Se suponía que todo eso era aclimatación. Así que les hice caso y pensé en preguntarles si en mi estado era conveniente o no subir de altitud de nuevo.

Y aquí comenzó otro calvario…

Hospitalización en Sucre

Llamé a mi compañía de seguros de viaje para dar el parte y que me indicara a qué clínica dirigirme. Después de dos llamadas y de repetir lo mismo, conseguí que me dieran el nombre de la clínica.

Lentamente me dirigí a ella y a los minutos de entrar ya me atendieron. Me hicieron un reconocimiento general y analíticas. Mientras esperaba a los resultados me pusieron en una camilla con oxígeno. Las horas iban pasando y cuando ya decidí salir para ver qué pasaba, le pregunté al médico si tenía que esperar mucho más. Fue entonces cuando me dijo que tenía que quedarme ingresada pero que estaban esperando la autorización de mi compañía de seguros. Le pregunté qué tenía y me dijo que, además de una salmonella, disnea y edema pulmonar, mi estado era demasiado débil y tenían que hacerme más pruebas para descartar trombos cerebrales y pulmonares.

Mi cara debió ser un poema. No me esperaba que me dijesen todo eso. No contaba con tener que quedarme ingresada. Solo esperaba una respuesta de si podía ir a La Paz o debería descender.

Le dije que me iría al albergue a buscar algunas cosas, hacer la mochila y avisar a la propietaria de que dejaba la cama libre. Quedaron en llamarme de la clínica cuando tuviesen la autorización, así que mientras estuve descansando allí. Como las horas fueron pasando y ya empezaba a caer la noche, decidí acercarme para ver qué ocurría. Lo mismo, que todavía no habían aceptado mi ingreso la compañía de seguros. Les llamé y me dijeron que sí, que hacía horas ya lo habían enviado, incluso incluida la posible evacuación. Hablé con los de la clínica y ellos decían que el mediador les decía que no, que no habían recibido nada… En mi estado, lo único que quería era tumbarme a descansar y no estar peleándome con unos y otros.

Al poco apareció la propietaria de la clínica y me dijo que ella autorizaba mi ingreso si yo me comprometía a hacer el pago de todos los gastos ocasionados. Después de pensarlo un poco, le dije que sí, porque sabía que el gasto sería reembolsado por la compañía de seguros.

Por fin me llevaron a una habitación y siguieron con pruebas de todo tipo. Me pusieron de nuevo el oxígeno y empezaron con la medicación. A media noche me desperté con nauseas, bajón de tensión y mareo. Llamé a la enfermera pero no estaba autorizada para darme nada. Vino una médica y dijo que no podía ser efecto de la medicación. Empecé a sentir un hormigueo terrible en las extremidades, estaban rígidas y no tenía control sobre ellas. Era una crisis de ansiedad… pero no me podían dar nada sin que lo autorizara el médico de planta. Me pareció surrealista. Les pedí que me dieran algo, sí o sí, que me sentía fatal y casi no podía respirar. Me creía morir. Solo pensaba en marcharme de allí e irme a mi casa cuanto antes.

Al día siguiente vino el médico de planta (solo había una…) a verme y me dijo que tenían que hacerme un TAC de la cabeza, que debido a estar tantos días en altitud con los síntomas, tenían que descartar trombos. Pero seguíamos teniendo el mismo problema. Decían que no tenían la autorización del seguro. Ya a esas alturas le pedí a una persona en España que se encargara de las gestiones con mi compañía, yo ya no tenía cabeza para nada. Cada vez me encontraba peor y solo quería estar en mi casa lo antes posible.

mal de altura, Sucre

Ingresada en la clínica de Sucre.

Para hacer las pruebas tenían que llevarme a un centro externo y el gasto tenía que adelantarlo yo. Les dije que no tenía tanto efectivo encima y que no estaba en condiciones de ir al cajero (tenía vías puestas y estaba pegada al oxígeno) que si podrían sumarlo al coste total, asumiendo que para entonces ya tendrían la autorización dichosa.

Desde España me decían que ya habían enviado el día anterior la autorización de ingreso y las pruebas que pedían, que no entendían como podían decir que no lo habían recibido. Por suerte, la chica de la aseguradora se lo tomó como algo personal y estuvo enviando correos y haciendo muchas gestiones para aclarar el tema. Pero en la clínica me seguían diciendo lo mismo.

Ese día fueron a visitarme los chicos con los que fui al tour y me dijeron que los cajeros solo daban 2.000 bolivianos al día, que si la clínica seguía diciendo que no tenían la autorización, no iba a poder retirar todo el dinero para hacer el pago. Por supuesto, no admitían pago con tarjeta ni transferencias… Les pedí que me sacasen dinero del cajero porque, haciendo los cálculos que me había dicho la propietaria, con otros 2.000 que sacase al día siguiente y lo que tenia encima, me sería suficiente. O eso creía yo.

Seguían dándome la medicación pautada, nueve fármacos diferentes cada pocas horas. Pero yo me seguía sintiendo cada vez peor. Empecé a agobiarme muchísimo, me sentía atrapada en esa clínica. Me decían que estaba en alto riesgo de infarto cerebral, pero allí seguía yo, sin poder marcharme. Por un lado, me decían que no estaba en condiciones de coger un autobús que me llevase hasta Santa Cruz de la Sierra (un recorrido de 16 horas), la ciudad más cercana y a tan solo 400 m de altitud. Por otro, no podían autorizarme a coger un avión sin saber si tenía trombos cerebrales.

Para hacerme el TAC me iban a llevar en ambulancia a otro centro, así que hablé con el conductor para preguntarle si podía pasar por mi albergue para recoger mi mochila. Me dijo que sí, solo tenía que avisar a la propietaria de que esperase fuera con ella, porque en esa calle no había sitio para aparcar. Le pedí a la médica que me acompañaba si podía dejarme su teléfono para avisarla. Me miró mal y me dijo que eso le suponía un coste. Con cara de incredulidad le dije que le pagaría lo que hiciese falta, que era una llamada local de dos minutos, que no tenía otra opción. Después de unos minutos me dio su móvil de mala gana. Hice la llamada, se lo devolví y le dije que al llegar a la clínica le pagaba. Al final me dijo que no hacía falta, pero no con buena cara. Me hicieron el TAC y ya en la clínica una prueba para saber si tenía trombo pulmonar. Solo quedaba esperar a que me diesen los resultados para saber si podía irme cuanto antes de allí. Las horas pasaban y no tenían los resultados ni la confirmación de autorización. Me puse a buscar en internet vuelos para Santa Cruz a la espera de que me confirmaran que todo estaba bien. Mi estado de ansiedad y malestar iba en aumento.

Por no extenderme demasiado en este post, lo he dividido en dos, podéis continuar leyendo en el siguiente enlace: Mi experiencia con el mal de altura en Chile y Bolivia II, donde continúa mi experiencia con el mal de altura y los sucesos que se fueron acumulando…

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15 comentarios

  1. buen dia Sabi lamentable tu experiencia en bolivia, pero afortunadamente estas bien, un fuerye abrazo desde Monterrey, Mexico. Aqui tienes tu casa

    • Muchísimas gracias Manuel. En los viajes no todo sale bien, este ha sido tal vez el peor que he tenido, pero de todo se aprende. Son experiencias al fin y al cabo. Te agradezco tu hospitalidad, tengo muchas ganas de ir a México!
      Un abrazo

  2. Vaya, sabia que el viaje no había salido bien pero lo que viviste fue una tortura. Me alegro que ya estés bien. De todo nos toca aprender. Bicos.

    • Hola Lidia, la verdad es que no fue nada bien, pero todavía queda parte del suplicio… para la semana lo publico. Fue una mala experiencia pero, como bien dices, de todo nos toca aprender! Besitos!

  3. queremos saber cómo sigue la historia, por favor no se olvide de publicarla !!!!

  4. ¡Me has dejado de piedra! ¡Qué experiencia más horrible!,yo me muero del susto en el hospital. Nosotros queremos ir a Perú y Bolivia a final de año… Espero la segunda parte. Un abrazo

    • Sí que ha sido una mala experiencia… la peor que he vivido viajando, pero bueno, de todo se aprende y lo bueno es que ahora la puedo contar. En aquellos momentos solo quería ¡teletransportarme a mi casa! ¡Ya está la segunda parte publicada!
      Un fuerte abrazo

  5. Pingback: Mi experiencia con el mal de altura en Chile y Bolivia II

  6. Miguel Samaniego

    Me alegra que estes bien y entiendo el suplicio que pasaste al sufrir un quebranto en tu salud. De toda esa magra experiencia sirve para estar prevenido y en cierta forma amortiguar los efectos del jet lag, que están sometidos los viajeros permanentes. Un saludo desde el Ecuador(Mitad del Mundo – Sudamérica) un abrazo a la distancia.

    • Muchas gracias Miguel! La verdad es que se dieron muchas circunstancias adversas, pero ya pasó, ahora solo es una anécdota, pero que sirva para tomar nota y ¡ser prudente en las altitudes!
      Un abrazo desde Santiago de Compostela, la ciudad en la que casi siempre llueve 😉

  7. Joder!!! voy a darle un ojo a la segunda parte que me tienes en vilo!

  8. ¡Qué mala suerte!

    La primera vez que limé los 5.000 metros fue en Perú, en Abra Anticona o Ticlio, casi fue una sorpresa, a hora y media (puede que un poco más) de viaje desde Lima, a nivel de mar). Vamos que ni me di cuenta. Nos hicimos una foto y seguimos el viaje, ya descendiendo. Y un año más tarde volví, esta vez para estar varios días en la zona (Tomas, Abra Apacheta, subiendo y bajando), buscando localizaciones para mi empresa, y solo una vez tuve una ligerísima sensación como de falta de riego en el cerebro, pues soy de tensión baja y ya había tenido incluso un desmayo tras un largo baño en agua caliente (más adelante tuve más). Bueno, que es una gozada no sufrir, y una tortura lo que pasaste. Voy a leer la secuela, tranquilo sabiendo que saliste de ella. Unha aperta (creo que se escribe)!

    • ¡Un poco de mala suerte sí! Fue una conjunción de las estrellas que se alinearon… 😉 Fue una mala experiencia de la que aprendí mucho. Siempre había relacionado el mal de altura con el trekking a pesar de saber que en La Paz hay muchísimas personas que lo sufren, una tontería por mi parte. ¡Espero repetir y que no me vuelva a pasar!

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