Barcelona, un sueño hecho ciudad

Barcelona

Uno guarda en ese rinconcito, a medio camino entre el recuerdo y el día a día, aquello que me gusta considerar como la propia patria sentimental, el espíritu de las ciudades que lo marcaron de una forma diferente.

Posiblemente sea Barcelona una de las ciudades más europeas de España. Había algo familiar e indescriptible la primera vez que me introduje en coche por la Avenida Meridiana, dejando a mi derecha Can Dragó –una de las muchas zonas verdes de la ciudad–, y a la izquierda el barrio de Sant Andreu. Estaba muy lejos entonces de amar a una ciudad en la que pronto clavaría la bandera de esa patria sentimental de la que hablaba.

Al abrirse luego al mar como lo hizo –con motivo de las Olimpiadas del 92–, la ciudad también lo hizo hacia el cielo. En cierta medida algo que ya había hecho Gaudí al soñar con la futura creación de la Sagrada Familia.

Por favor, no abandonen nunca Barcelona sin pasar, aunque sea sólo un momento, por la gran obra del artista catalán. Que el tópico no los limite.

Barcelona

Decía que se abrió al mar. Es en este punto en el que hoy creo saber que se unen pasado y presente de Barcelona.

Suban al Tibidabo, skyline incomparable a mi juicio. O mejor aún. Lleguen a Barcelona y no hagan otra cosa antes. A partir de entonces la disposición, la perspectiva desde la que admirar los muchos atractivos de la ciudad, serán otros; para mi gusto, mucho más gratificantes.

Así imagino que soñó el cineasta Woody Allen su Vicky, Cristina, Barcelona; un creador que entre las muchas peculiaridades gusta de hacer partícipe como personaje protagonista la ciudad en la que rueda sus cintas. Cuando el de Brooklyn apunta el objetivo de sus cámaras hacia una ciudad ténganlo en cuenta. Si luego la película tampoco fue la obra maestra que todos esperamos de él, indudablemente, Barcelona, sí ganó todos los premios que no se entregan en ceremonias, y lo hizo por méritos propios.

Y así me gusta pensar que compuso el charnego Joan Manuel Serrat su Mediterráneo, pese a que el mayor estudioso del cantautor, Luis García Gil, explique en su libro Serrat, canción a canción, o, Mediterráneo: Serrat en la encrucijada, la versión más exacta del proceso creativo del nano del Poble Sec.

Del Tibidabo diríjanse a buscar el mar. Busquen el Poblenou. Detengan allí su brújula, busquen apartamentos en la playa de Barcelona, fijen el punto de partida desde el que descubrir la gran belleza de una ciudad que lo mezcla todo con su propia tradición, sin que nada en absoluto resulte forzado, más bien al contrario: coherente, comprensible, admirable. Y de allí, ya sin medio alguno de orientación, buscaría la desembocadura de Las Ramblas bajo el sol Barcelonés, me perdería por el Barrio Gótico.

Barcelona

De la oferta gastronómica de Barcelona qué se puede decir: es tan inmensa y rica, mediterránea, experimental y variada, que mencionar uno o dos lugares en los que comer y libar a placer se me antoja una ofensa por la inevitable omisión de tanto. No obstante, caminen por Paseo de Gracia o Rambla de Cataluña, no sería de extrañar que acabasen en alguno de mis muchos lugares favoritos para una cena agradable y con un servicio cumpliendo la mejor de las expectativas.

Vuelvo al punto en el que se unen pasado y presente de la ciudad. En uno de mis muchos viajes a Barcelona, leía entonces obligado por trabajo La catedral del mar, de Ildefonso Falcones, dejé las últimas diez, quince o veinte páginas, para terminar la lectura sentado en la terraza de una cafetería frente a la portada de la Basílica de Santa María del Mar. Sólo después de rematar la lectura entré a fascinarme con cada una de sus piedras. Al salir, y ligeramente afectado por alguna variante del síndrome de Stendhal, me perdí por el laberinto de calles estrechas: el Call (Barrio Judío), los flashes de las cámaras de los muchos turistas hacia el Palacio de la Generalitat de Cataluña en la Plaza de Sant Jaume, Barcino,… Caminaba y caminaba, en círculos no pocas veces, hasta que me detuve, volviendo de algún modo a la realidad, sacando mi propia cámara y fotografiando una casualidad que entonces llamé veneciana. Me encontraba frente al extraño puente de la calle del Bisbe. Un puente que me transportó de inmediato a otro lugar y otro momento en el que surcaba en góndola los canales de Venecia y descubría el famoso Puente de los suspiros. Sigan el enlace de arriba: se garantiza el asombro y no cierta diversión.

Como ciudad europea que es Barcelona es tierra de artistas. Y no sólo por la riqueza de su patrimonio arquitectónico, histórico y artístico. He de decir ahora que ya sólo Gaudí merece una visita monográfica de la ciudad.

Barcelona

Los escritores que ha dado la ciudad encontraron en ella el territorio perfecto para la ficción. La sociedad barcelonesa, tan indefinible, tan heterogénea, han proporcionado a la literatura, probablemente, lo más destacable y en cierto modo exótico, desde los años cincuenta. Eso sin contar cómo el Boom de la literatura latinoamericana tuvo como epicentro una ciudad tan alejada de la América hispanohablante como es Barcelona: la audacia de alguien como Carlos Barral –tan marinero y mediterráneo él– en origen, y el ojo de la sin igual Carmen Balcells después. Todo aquello debió de ocurrir en Barcelona por algo. No es improbable que el viajero pueda en su visita descubrir sus razones.

Otra Barcelona diferente pero que ayuda a su conocimiento se puede encontrar en la obra del irreverente Juan Marsé, en Últimas tardes con Teresa, por poner un ejemplo. Y otra Barcelona es la del que fue gran amigo de Marsé -y permítanme el descaro-, uno de mis poetas de referencia, Jaime Gil de Biedma. Ambas ciudades son diferentes y la misma, la de sus luces y sus sombras, también ese lugar del que antes no me reprimía al mencionar que ocupa un gran espacio en ese lugar de mi corazoncito que es mi patria sentimental.

 

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2 comentarios

  1. Mil gracias por compartir todos estos consejos. Tus fotos son una pasada.

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