Sarajevo, un viaje a la esperanza

Viajar Sarajevo

Vistas de Sarajevo desde uno de sus cementerios.

Me encuentro rodeado de lápidas. Más que brisa y menos que viento, el aire es frío y le pone a la tarde de invierno ese átomo más de melancolía cuando al final -colina arriba-, de la carretera pobremente asfaltada, las piernas te conducen a un cementerio. No es sin embargo inquietud o temor irracional lo que envuelve entonces al viajero. Es respeto, tristeza tal vez, no se puede estar seguro; también una indefinible forma de esperanza, una que sólo se concibe conociendo la historia reciente de una ciudad como Sarajevo, y finalmente, respirando la paz que anhela y por la que día a día trabaja su gente. Miro el perfil de la ciudad al ocaso.

“Los muertos se enseñorean palmo a palmo de la ciudad” escribe Peter Schneider un 19 de enero de 1994. “La matemática de la muerte se añade a un simple cálculo. Desde comienzos de año el monstruo de las cumbres –las cumbres más altas son cinco, Treskavica, Bjelasnica, Jahorivna, Trebevic e Igman-, vomitando muerte por la boca de sus cañones, ha exigido vida todas los días”, lo escribe en un artículo que se publica en periódicos de trece países, El País, en el caso de España.

Viajar a la esperanza

Viajar Sarajevo

No hemos venido a visitar museos o monumentos, sino a encontrar un motivo para la esperanza, viajamos hacia el interior de un paisanaje para el que antes que la palabra guerra está y es la palabra paz. Es invierno, entre 10 y 15 grados bajo cero; no quiero ni pensar en la temperatura del aire que quema la piel bajo mis ojos. En verano sin embargo ascenderá hasta los 40. Para viajar a Sarajevo, mejor en la blancura del invierno.

No tardarán en encenderse las luces -atenuadas por la densidad de la nieve en el aire- de Sarajevo, allá abajo. Las innumerables chimeneas exhalan su aliento de humo gris al cielo del ocaso y el Miljacka, aguas rápidas y oscuras, afluente del río Bosna, atraviesa la ciudad de este a oeste, bajo sus puentes.

Como si también la nieve procurase suavizar las aristas del rencor, los copos caen lentos y brillantes sobre la hierba, los árboles y el recuerdo de los muchos seres humanos, los cuerpos arrebatados a la vida prematuramente, que reposan a dos metros bajo tierra.

Habitado desde siempre

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Se conoce que ya caminábamos Sarajevo y en torno al río mucho antes de que fuera Sarajevo, allá por el neolítico. Se diría que el valle fue habitado desde siempre, el valle que ocupa la ciudad de hoy, que contemplo desde una de las muchas frondosas colinas que la rodean.

Sarajevo es la Jerusalén europea, donde conviven católicos, musulmanes, ortodoxos y judíos, y es la capital de Bosnia y Herzegovina, que para Roma, hacia el siglo III a.C. fue la provincia de Iliria. Al caer del lado oriental con la caída de la grandeza romana quedó para el Imperio Bizantino, musulmana con el auge del Imperio Otomano en el fin de la Edad Media, y bajo la soberanía del Imperio Austrohúngaro después y hasta su disolución tras la Primera Guerra Mundial.

Si bien debemos la mayor parte del patrimonio histórico a la herencia otomana, cada una de las culturas que pasaron por esta ciudad de ayer y de hoy -con los ojos clavados en un mañana que ha de der prometedor- sembró un gramo de riqueza en sus calles e impregnó con el eco imperecedero del pasado el carácter de un pueblo y el perfil de una arquitectura que habla de la diversidad y del hermanamiento; algo que ni siquiera cuatro años de guerra despiadada, inhumana en extremo, pudieron borrar.

Se aprende en Sarajevo que la religión nunca fue origen de la guerra, pero sí un modo de convencer a gente por lo general respetuosa y honesta de morir o matar cuando no le dejan otra alternativa. Eso ocurrió en Bosnia y Herzegovina; el Sarajevo que conocemos hoy es resultado de la trágica circunstancia, estigmatizada quizá, y por ello, más atractiva al viajero, que comprobará de primera mano, junto a la sencilla belleza de su trazado urbano, la incomparable voluntad de un pueblo, diverso en tradiciones culturales, la materia prima con la que se construye cada una de las sílabas de la palabra concordia.

La bella Sarajevo

 

La belleza es esa misma que se da en los lugares donde la imaginaria frontera entre oriente y occidente se difumina, llenando de exotismo los sentidos. Es quedar maravillado por la geometría de la cúpula central de la Catedral de la Natividad de la Madre de Dios, y es escuchar, a lo lejos, la megafonía instalada en un minarete, la mezquita de Gazi Husrev-bey (siglo XVI), la voz del imán llamando a la oración. Es también el olor intenso de un café no menos intenso y vigorizante, a la manera turca, tras un plato de carne mixta, con el que hemos descubierto, saboreado, la existencia del cevapi, ternera picada con cebolla y bien especiada (no olviden pedir salsa de yogur), plato típico de los Balcanes. Pero es también el calor tras un trago (o dos, o tres; más no) de rakia antes de salir y pasear, enfrentando el frío, por Bascarsija, mercado y centro histórico y cultural de Sarajevo, parada obligada para el viajero, al norte del río, en el Stari Grad.

Fue una mañana caminando sobre el paseo de piedra de Bascarsija, cerca de la fuente de Sebilj y del antiguo mercado de seda Brusa-Bezistan, el sol apenas dibujado en el cielo y sin calentar, que un buen amigo bosnio, hijo de la guerra, me dijo, sin el menor atisbo de duda en su expresión, que aquella gente, la que nos rodeaba, no volvería a repetir los errores del pasado. Y yo le creí. Porque sonreía le creí. Y era verdad. Miraba a los bosnios a mi alrededor, las muchas tiendas abiertas ofreciendo el género de la artesanía, las puertas de los restaurantes, abiertas, el ambiente de un pueblo, también abierto, al mundo, absolutamente todo lo que es Sarajevo, lanzando un mensaje de paz. Y fue tal vez en ese momento que decidí que subiría a uno de tantos cementerios. Quién sabe por qué.

Allá a lo lejos, se observa blanco e imponente (no en vano el prefijo bijel significa blanco), el Bjelasnica. Apenas se distinguen desde la distancia, pero allí se realizaron muchas de las pruebas de esquí alpino en las Olimpiadas de Invierno de 1984. Sólo seis años antes de que toda Bosnia se sumiese en los horrores inimaginables de su guerra civil, en la que cupieron el genocidio y los gérmenes del mal profundo que habitan en el ser humano. Hoy algunas de las instalaciones de entonces se ofrecen para el deporte y no son pocos los que han encontrado, a escasos veinte minutos de Sarajevo, el lugar ideal para practicar deportes de montaña derivados del esquí por unos precios más que razonables.

El Puente Latino

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Vista noctura del Puente Latino.

Se intuye la noche, no son las cuatro de la tarde. Me recuerdo paseando el Puente Latino mientras camino por entre las lápidas, embriagado por la extrañeza que me resulta este optimismo renovado, recogido en mis pensamientos y dentro de mi abrigo. Sarajevo se encuentra enclavada en los Alpes Dináricos, pero también en el centro mismo de la historia que occidente comparte con oriente. Es este mismo puente, que debemos a la cultura otomana, el lugar elegido por el asesino Gravrilo Princip para disparar al archiduque Francisco Fernando, heredero del Imperio Austrohúngaro, y a su mujer embarazada. El atentado empujaba a Europa hacia la guerra, hacia la Gran Guerra. Tampoco la Segunda Guerra Mundial se olvidó de sacudir Bosnia y Herzegovina, y en ella, la ciudad de Sarajevo, la misma que hoy exhibe la huella terrorífica que dejaron las innumerables granadas de mortero durante el sitio que se prolongó unos cuatro años a principio de la década de los noventa.

Mi reflexiva contemplación de la ciudad de Sarajevo acaba con las últimas luces. Mi vista ya no alcanza a ver el final del valle. Sin embargo puedo imaginar a través del viaje que es el recuerdo las carreteras que me trajeron hasta aquí. Muchas de esas mismas carreteras están siendo reparadas, la mayoría de ellas son estrechas y ofrecen un mal asfaltado para la conducción, actividad, en este país, no libre de riesgos. Lazos grises, como dejados caer al azar, partiendo en dos el lecho blanco en el que se erigen hermosos y viejos robles cuyas ramas soportan los kilos de nieve apelmazada.

El futuro

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Calle Titova, Sarajevo. Fotografía de Damien Smith (Wikipedia)

Sarajevo es punta de lanza hacia la meta de la concordia, la paz, el entendimiento. Si bien es cierto que en Bosnia todavía permanecen excesivamente arraigadas las ideas nacionalistas que movilizaron al país a la guerra, Sarajevo cuenta con una población joven que se identifica con el resto de la juventud europea. No es un equilibrio fácil de mantener. El afán de progreso y cultura chocan con una coyuntura social y política a la contra. Si a los problemas que acucian a esa misma juventud europea añadimos veinte años de lenta posguerra (que parece no tener fin), las dificultades que entraña un desarrollo excesivamente dependiente de la ayuda internacional, al fondo, lo que encontraremos, son hombres y mujeres jóvenes que no ven otra salida natural a la inestabilidad del futuro por venir que la emigración. Teniendo en cuenta que es ese mismo extracto de la población el único capaz de superar el horror heredado por el país, la situación deja de ser tan idílica. Así que Sarajevo soporta sobre las cruces, los minaretes y las cúpulas el peso del atraso -cuando no ausencia total- de la evolución cultural en las zonas rurales -de un país eminentemente rural- que se respira en ciudades como Mostar o la que ahora se adormece allá abajo, en el valle y en torno al río.

Es por eso por lo que viajar a Sarajevo es hacerlo hacia la esperanza. Aquí el viajero, con sus ojos, con su voz, contribuye participando del comercio intelectual que alimenta a los pueblos. El viajero ha de llevar en su mochila la posibilidad de una vida, una historia que contar. A cambio llenará el espacio con el conocimiento que da el error y su consiguiente superación. Viajamos hacia la esperanza, y no es un camino fácil. Es, indiscutiblemente, enriquecedor. Y eso es viajar a Sarajevo. Encontrará el viajero un pueblo consciente de la tragedia vivida, pero también un pueblo que define a la perfección el ser contradictorio que finalmente conocemos como humano.

Más información en Turismo de Sarajevo.

 

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