Haití, un viaje al olvido

Paisaje de montaña de Haití

Era martes y doce de enero cuando los medios señalaron un lugar remoto del planeta. Así de oídas Haití pudiera haber estado tanto en el Caribe como en el Pacífico, confundido con Tahití. Tembló la tierra, sin más, y de uno de los lugares más pobres del mundo surgió un llanto, una llamada de atención, la denuncia de un olvido. Después, como todo, la noticia de la tragedia dejó de ser noticia, y, como todo, Haití desapareció de nuevo de los mapas de la urgencia; tragada, como se tragó la tierra, las ruinas heredadas y mantenidas del que fue el primer pueblo negro que se deshizo de las cadenas de la esclavitud.

Viajar a Haití

En el tercio oeste de la isla caribeña de La Española –que comparte con República Dominicana–, Haití son dos penínsulas, separadas por el Golfo de Gonaives, que se unen en un interior montañoso hasta alcanzar cotas por encima de los dos mil metros. Su dibujo en los mapas es el de un cangrejo enfrentándose al mar, que moja un litoral abrupto de acantilados que se relaja en playas de fina arena blanca y aguas turquesas; un cangrejo enfrentado al Paso de los Vientos del oeste, y más allá, a las islas de Cuba y de Jamaica. Hacia el norte, al otro lado de un canal oceánico, están las Bahamas.

Viajar Haití

Isla La Española

Le llevó la obra de toda una vida al escritor Joseph Conrad ayudarnos a entender las complejidades que implica el concepto de viaje. Al Ulises de Homero el poeta Cavafis sugirió que fuera largo, el viaje; Conrad apuntó, que fuera profundo. Sólo las últimas palabras del señor Kurtz (El corazón de las tinieblas) nos revelan realmente qué vio el marino Marlow allá en las entrañas del Congo colonizado del XIX, son palabras al alcance de cualquiera.

Palabras que cobran un sentido extraordinario en Haití.

Es un viaje largo, como quería Cavafis; pero también profundo, como Conrad sabía que debían ser los viajes.

Imaginemos

El viaje a Haití puede confundir. Podemos creer que nos dirigimos a Centroamérica. Un avión, ciertamente, nos llevará a la vecina República Dominicana.

Aterrizamos en el aeropuerto de Santiago de los Caballeros. Una vez allí no nos será demasiado difícil encontrar un transporte que nos lleve a Dajabón, pueblo fronterizo por el norte; no más allá; ningún dominicano se atrevería a cruzar la reja y el río Masacre. De camino, y si no lo han hemos hecho ya, descubriremos que República Dominicana no es Punta Cana, ni siquiera Puerto Plata. A poco que tengamos ojos para mirar y ver encontraremos un paraíso diferente, uno en el que ya podemos cruzarnos a algún negro haitiano caminando por el arcén, descamisado, descalzo tal vez, los ojos rojos de ron y la piel sobre los huesos. A sus espaldas lleva hectáreas de campo de caña cortada a machete en condiciones de esclavitud.

El viaje a Haití puede confundirnos

Hasta contemplar no sin asombro la desolación al otro lado de la reja que separa a ambos países –o que, “protege”, al dominicano del haitiano–, no empezaremos a hacernos una idea de cómo Haití es un terruño del África profunda –no muy diferente al Congo relatado por Conrad–, en mitad del Caribe.

Fotografía del autor.

Pagamos diez dólares, ponemos un pie en el puente sobre el río de aguas arcillosas en el que la negra haitiana se afana, resuelta, miserable, en lavar y frotar viejas prendas en las rocas. Los niños juegan desnudos en el agua. Desde la margen dominicana del río, apostados en las alturas que brinda el talud, los soldados del país vecino observan, vigilan, sumidos en un estado que es mezcla de la abulia, el odio y el temor.

Y estamos en Ouanaminthe, un enjambre en el que quizá el color blanco de nuestra piel nos señalará como una ofensa. Ya hemos olvidado el asfalto, el pobre pavimento de las carreteras dominicanas; la tierra del suelo que pisamos es amarilla y dura al paso. Ouanaminthe es bullicioso, las construcciones –pintadas de vivos colores, las ventanas enrejadas–, se parecen a las dominicanas, pero son hasta diez o quince veces más pobres que las del país vecino, si no más. Olemos la desolación (creerán que es olor a podredumbre, a sudor, mal olor en cualquier caso, pero no se equivoquen, es el olor de la desolación) desde el primer momento que nos sabemos en Haití; nos decimos, esto no lo ha hecho un terremoto: es pobreza de siglos.

El cielo arriba es blanco de puro sol, la humedad propia de las islas del Caribe nos tiene sudando desde que bajamos del avión.

Fotografía: Feed My Starving Children (FMSC). Creative Commons

Tal vez un haitiano muy negro y muy flaco, el pelo enmarañado, la ropa raída, se nos acerca para vendernos algo que probablemente no queremos; quizá unos niños de franca, blanquísima sonrisa, llegan a nuestras piernas con las palmas de las manos blancas y sucias, pidiendo, con hambre de futuro –aunque esto probablemente no lo sepan–, y no queriendo molestar, unas monedas. Paseamos Ouanaminthe, las aguas del Masacre donde Trujillo acribilló a miles de haitianos nos queda demasiado atrás, no nos hacemos una idea de cuánto ha pasado desde entonces. Viajamos en todos los sentidos, no sólo avanzamos en el espacio y el tiempo, lo hacemos también por todo lo largo y ancho de nuestra conciencia.

Llegamos

Realmente llegamos hace cinco siglos. Lo hicimos con nuestro pecho de lata y espada al cinto. Nuestra nave, llamada Santa María, una carabela, había encallado. Así que nos acercamos con el vaivén del pequeño esquife sobre olas nerviosas, de rabiosa espuma blanca al romper, a la exuberancia de una costa propia del Génesis. Allí no había negros. Llegaron después. Los llevaron los mismos del pecho de lata, a veces ondeando los colores de una bandera y a veces los colores de otra diferente. Pero era navidad cuando llegamos, y con maderos de la nave nos hicimos un fuerte. Los indios taínos habitaban la espesura de la que ya apenas queda nada, ni siquiera indios. La bella Anacaona, princesa taína, paseaba no muy lejos de allí; nada de aquello –o sí, quién sabe– le hacía suponer que se iniciaba una larga y lenta agonía para su pueblo y todos los que llegarían después.

Fotografía de Feed My Starving Children (FMSC). Creative Commons

Sentimos que hemos sido zarandeados cuando dejamos Ouanaminthe. Las últimas lluvias –y llueve con frecuencia en Haití, lo hace con extrema violencia– han minado de socavones la tierra en polvo amarillo de la pista por la que circulamos. Puerto Príncipe, la capital superpoblada y sacudida por los últimos terremotos, nos queda muy al sur. Todo es campo a nuestro alrededor. A veces atravesamos pueblos de chamizos, pueblos sin nombre, a la sombra de pequeñas arboledas que son como oasis rodeados de tierra baldía. El mar está cerca, hacia el norte, pero no lo vemos. Las cordilleras al sur coleccionan nubes que esperan nuevos vientos para descargar; y aunque todo es llano a nuestro alrededor sí vemos las montañas a los lejos.

Por el camino nos cruzamos con viejos camiones repletos de viajeros que se dirigen a la frontera; los llaman tap tap, y es el principal medio de transporte haitiano. En ningún momento sabemos a qué se dedican los hombres y mujeres a los que saludamos con la timidez del que es consciente de una deuda.

Fotografía de Eduardo Fonseca Arraes. Creative Commons

La historia de Haití empezó a escribirse con el Fuerte de la Natividad. Primeras páginas manchadas de sangre. Como colonia fue disputada por españoles, ingleses y franceses, que finalmente se quedaron con el tercio de isla. Mientras tanto los negros llegaban a granel en los barcos esclavistas que partían de África. Llegaban con la tristeza propia del animal vejado y enjaulado, una mirada que todavía se mantiene en el tiempo; y llegaban con sus creencias, tal vez un único asidero al que sujetarse para no ser del todo deshumanizados. Cuanto de divino habían encontrado en la tierra que los vio nacer también lo hallaron en el nuevo mundo que les había sido impuesto.

No, esta miseria no ha sido provocada por un terremoto

Decíamos que hacia el interior el terreno asciende como con prisas. Entonces las pistas de tierra se estrechan y enrojecen y pasan paralelas a los innumerables arroyos que llevan el agua de las montañas hacia el mar. Son tierras poco aprovechables. El terreno dificulta cualquier tipo de agricultura. A veces descubrimos llanos sembrados que apenas podrían servir para alimentar unos pocos estómagos.

Hasta un pueblo sombreado, a media ladera de la montaña y ligeramente inclinado, alguien ha llevado una vaca desde vaya usted a saber dónde, y con la vaca, nubes de negras y gruesas moscas hambrientas. Al llegar al claro que hace las veces de plaza el vaquero alza el machete antes oculto en el pantalón. Todos se acercan, los que más van a mirar; los más pobres, para intentar hacerse con los restos; todo se vende.

Fotografía: Marco Dormino (United Nations Development Programme). Creative Commons

Las aguas que bañan los pueblos de la costa son ricos en vida marina. Sin embargo los medios para la pesca son escasos y rudimentarios, insuficientes para alimentar a todo un país hambriento. La ganadería se podría decir que es inexistente. La alimentación de un pueblo con serios problemas de malnutrición es mal sostenida por el arroz.

Pide que el camino sea largo

El viaje está resultando mucho más duro de lo que podíamos calcular. Por las noches es difícil conciliar el sueño. Dormimos en Fort-Liberté. Es un pueblo tranquilo, no excesivamente poblado. Pero cuesta dormir tras haber visto; haber visto y conocer sólo una parte de la historia que maldice a todo un pueblo.

Hasta hace unos pocos años Haití sobrevivía jalonado por la política social del presidente Jean-Bertrand Aristide. Quizá sobrevivir es decir demasiado. Sea como sea, Haití era más libre. Pero el gobierno de los Estados Unidos de América decidió –una vez más: la perniciosa injerencia estadounidense es una constante en la historia del pueblo haitiano– que Aristide no era del gusto. Tras golpe de estado y exilio forzoso del presidente, los marines entraron a golpe de barras y estrellas para pacificar un avispero y después dejar los escombros de la sociedad en manos de las fuerzas de las Naciones Unidas.

También resulta difícil dormir cuando se escuchan los tambores que siguen al ocaso y que persisten hasta bien avanzada la noche.

Fotografía de Feed My Starving Children (FMSC). Creative Commons

Vudú

La habitual asociación de Haití con el vudú responde a una sencilla realidad. Teme el hombre blanco del primer mundo el vudú, temor por desconocimiento. Bien que es una religión originada por sabidurías y supersticiones ancestrales, por lo demás, nada hay de maligno en ella que no podamos encontrar en religiones que nos resulten más cercanas. Sí puede parecernos inquietante –en realidad todo en este país lo es, por las profundidades que ya podemos llamar conradianas–, la pureza de los sentimientos y las emociones que emergen de ellas en un lugar que es, sobre todo, salvaje.

Cuenta la leyenda que una ceremonia vudú, oficiada por el houngan (sacerdote) Boukman, en la que se sacrificó un cerdo negro, provocó el levantamiento de los esclavos negros de las plantaciones, machete en mano, contra sus amos franceses; que fue el principio de la lucha por la libertad. Aquello ocurrió, se desvíen más o menos los hechos de la leyenda. La libertad sin embargo, aún hoy, queda muy lejos de los haitianos. Las sucesivas elecciones tras el derrocamiento de Aristide no han tenido otro fin que el de satisfacer los planes del gobierno de los Estados Unidos.

El haitiano cree en el vudú. Al igual que se sabe inferior al hombre blanco. Y se sabe pobre hasta el dolor.

Ocurrió años antes del terremoto que un maestro de escuela haitiano aseguró al que esto escribe que la única salvación de su país pasaba porque se lo tragase la tierra y lo volviese a regurgitar como un país nuevo, sin toda la sangre derramada.

Dos países ocupan la misma isla. Uno de ellos es pobre, el otro es un agujero negro de desesperación.

Circunstancias que mueven a las interrogantes de todo aventurero.

Ahora ha empezado a llover en Haití. Conoce Haití.

 

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2 comentarios

  1. Qué pena que lugares así pasen desapercibidos o peor aún, que solo sean noticia unos días y después caigan en el olvido.

    Precioso post! 🙂

    • Haití es un país realmente en el olvido, incluso tras haber sufrido grandes crisis humanas, nos hemos olvidado de él… Al menos hemos podido viajar allí un poquito con es post…
      Un abrazo!

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