Días de relax en el pequeño pueblo pesquero de Morondava, Madagascar

Cuando llegamos a Madagascar nos habían avisado que la zona Este no era buen momento para visitarlo y que muchos pueblos estaban incomunicados. La peor noticia fue cuando nos dijeron que el acceso al Parque Nacional de Tsingy de Bemaraha, conocido como el “bosque de piedra”, estaba cerrado por las lluvias y que no había ninguna posibilidad de visitarlo. Tampoco no podíamos visitar Belo sur Tsiribihina, pero sí Morondava y, tal vez, Belo sur Mer… Lo que sí teníamos claro es que queríamos ir a ver la Avenida de los Baobabs, que está cerca de Morondava, así que, aunque solo fuese para visitar un lugar, estábamos dispuestos a hacer un viaje de dos días hasta allí.

Partíamos de Ranohira, al sur de Madagascar, y teníamos previsto llegar a Antsirabe en un día (522 km/12 horas en coche privado) y otro día más para llegar a Morondava (487 km/ 14 horas en taxi-brouse privado). Si escogíamos la opción de transporte local, nos llevaría de tres a cuatro días, en vez de dos. Si lo ves en un mapa parece de locos hacer este recorrido cuando, está tan cerca, pero hacerlo por la costa, más en época de lluvias, suponía más días y tener que coger barcos. Como ya habíamos comprobado, las infraestructuras en Madagascar, eran muy básicas y las carreteras malísimas.

Madagascar

Días 10 al 16. Vacaciones forzadas en Morondava

La previsión era cogernos el primer día en Morondava para descansar del maratón de los dos días de traslado, así que ese día solo fue para pasear por la playa, estar en la piscina (en donde íbamos a cada poco a refrescarnos) y leer.

Playa de Morondava

Playa de Morondava

Morondava es un pueblo muy tranquilo y pequeño que vive de la pesca y del turismo. El pueblo en si no tiene demasiado interés, no hay nada especial que visitar, salvo pasear por la playa y ver el trajín de los pescadores, a los niños jugando el futbol y al atardecer, las parejas que buscan su sitio para disfrutar de preciosas puestas de sol.

Atardecer en Morondava

Atardecer en Morondava

Para el segundo día habíamos contratado un taxista para ir por la tarde a la Avenida de los Baobabs y ver allí la puesta de sol. A los que nos gusta la naturaleza, esto es un subidón!. Yo ya había visto baobabs en Botswana y me parecían tan mágicos que me enamoraron. El estar paseando por una zona con tantos baobabs y tan altos resultaba emocionante.

Llegamos tras más de media hora de coche por una carretera de tierra en donde podías ver como iban y venían las familias cargados y te preguntabas hacía dónde irían, ya que no se veían casas.  Ya al ir acercándote al tramo de carretera donde se alinean una docena de baobabs, ya se van viendo algunos desperdigados a lo lejos, haciendo con su silueta el perfecto “skyline”.

Avenida de los Baobabs

Avenida de los Baobabs

Al llegar y ver este paisaje, inevitablemente la sonrisa se te pone en la cara.  Es, simplemente, mágico. No se si me he dejado influenciar por el bonito libro de “El principito” y por esa razón les tengo más cariño, pero es que su forma es tan curiosa, que no deja de parecerme maravilloso cada vez que veo uno. Imaginaos ver tantos juntos! De hecho, este es el paisaje más fotografiado de Madagascar, y es normal, es precioso.

Después de estar un rato allí nos fuimos a ver al “Baobab enamorado”, un baobab con dos troncos que suben abrazados. La pena es que la zona está un poco abandonada y hay mucho matorral justo al lado. Parece increíble porque es uno de los lugares donde más turistas me encontré en mi viaje a Madagascar (que tampoco fueron muchos) y sin embargo no estaba cuidado.

El baobab enamorado

El “Baobab enamorado”

Después de unas fotos en el “baobab enamorado” y tras comprar artesanía local en unos pequeños puestos de venta, volvimos otra vez hasta la “Avenida de los baobabs” para hacer las fotos a la puesta de sol. En ese momento ya había algo más de gente, tanto turistas como gente local que volvía a sus casas. Nos costó arrancar de allí…

Volvimos para cenar y decidir qué íbamos a hacer al día siguiente. Muchas personas nos había recomendado ir al Resort Kimoni a pasar el día. Nos decían que era muy bonito y que la playa era mucho mejor que la de Morondava. Que también disponía de piscina y muchos servicios. Total, que decidimos ir a pasar el día allí.

Un día en un resort, una mala decisión

Y así pasó nuestro tercer día en Morondava, en un resort que no nos gustó nada y que la playa estaba a 1 km por un monte sin ninguna sombra bajo un sol abrasador. La otra opción era ir en un carro tirado por cebúes, pero a eso nos negamos. Así que allí nos quedamos, en una piscina en donde habían más de 30 niños chillando (y nos acordábamos de la nuestra, siempre vacía) esperando a que volviese nuestro taxista a la tarde a recogernos.

Madagascar

Y allí también comimos… Yo me pedí una pizza y Manuel una pasta carbonara. Todo estaba muy rico. Al terminar yo me quedé dentro del comedor al fresco y escapando de los ruidos y Manuel se fue a tomar el sol. Cuando llegué le ardía la piel y se encontraba mal. Pensamos que era una insolación. Al marchar vi que tenían unos folletos y descubrí que tenían una especie de zoo… es decir, lémures y otros animales salvajes en cautividad. Así que, desaconsejo su visita, tanto por el ruido, como por el uso de jaulas para lémures como… la comida.

Al llegar a nuestro hotel organicé el traslado para nuestro siguiente destino, Belo sur Mer, un pueblo cercano pero cuyo acceso estaba cortado por las lluvias. La única opción era por barco o barca… Es decir, un barco rápido que es carísimo o ir en una barca pequeña de vela de un marinero que te lleve al otro lado. Unas 4 horas de navegación. Por supuesto que escogimos la segunda opción. Quedamos que nos recogieran en el hotel a las 4 de la mañana para salir de noche y aprovechar la brisa de la mañana.

Un día en la clínica de Morondava

Manuel seguía con algo de fiebre y por la noche empezó con diarrea. Tras dos pastillas de termalgin la fiebre seguía alta y para las 4 de la mañana decidimos que no estaba en las mejores condiciones para meterse en una barca 4 horas. Lo retrasaríamos para el día siguiente.

Hablé con el taxista y le conté la situación como pude (el problema de no saber francés!) y una pareja musulmana que estaba en la piscina (sí, a esas horas) me ofrecieron su ayuda. Él estaba en el agua y ella sostenía una linterna. Una situación algo curiosa. El caso es que me ayudaron con la traducción y se mostraron muy interesados y preocupados por el problema. Me dijeron que era mejor no llevarlo al hospital público, ya que el día anterior había muerto una mujer embarazada porque tenía puesto oxígeno y se fue la luz… Nos pareció motivo suficiente como para buscar otra opción.

Esperamos un poco y la cosa empeoraba, había sangre, y eso impone mucho. Decidimos preguntar por una clínica y la dueña del hotel nos llamó a un médico que tiene una pequeña clínica (y tan pequeña!) para contarle la situación y que íbamos a ir hasta allí. Nos llamó a un taxista y después de infernales caminos de tierra llegamos a una pequeña casa con dos alas. Allí nos esperaba el médico que NO hablaba inglés. Menos mal que sabía unas palabras mínimas, le indicamos los síntomas y nos dijo que lo mejor era quedar ingresado en observación y tratamiento durante 8 horas.

Me dio una lista de medicamentos que compré en una ventanilla del mismo edificio y allá nos fuimos, Manuel ya en silla de ruedas con  nuestro taxista y yo con mi bolsa de medicamentos. Nos metieron en la habitación llamada “Primera categoría”. Era básica pero parecía más o menos limpia. Y llegó el momento de ponerle una vía y tomar muestras de sangre… Menos mal que Manuel estaba tan cansado y febril que tenía los ojos cerrados. Después de meterle la aguja y colocarle el plastiquito (cuyo nombre no tengo ni idea como se llama pero es el que le conectaría al tubo para el suero) el enfermero cogió unos tubos y se los dio al taxista para que le ayudase a rellenarlos. Bien, como explicarlo… De la vía salía la sangre a chorro y el taxista intentaba rellenar los tubos como podía… intentando acertar con el chorro mientras la sangre caía al suelo. En ese momento yo estaba hablando por teléfono con la dueña del hotel y colgué inmediatamente. Me pareció demasiado surrealista el sistema y ver toda esa sangre en la mano de Manuel, en la del enfermero, taxista y suelo, me dio muchísima inseguridad de como sería el resto.

Manuel en la habitación de la clínica en Morondava

Manuel en la habitación de la clínica en Morondava

Después de las muestras ya le conectó el suero y empezó a poner los antibióticos. Yo tenía una pequeña banqueta en donde sentarme y esperar si con las horas iba mejorando. Por suerte, la dueña del hotel me volvió a llamar y me dijo que iba a ir hasta allí y que nos llevaría el menú para que escogiéramos la comida y que luego nos las llevaría el taxista.

Y así fue, me trajeron botellas de agua y el menú. Aunque Manuel no tenía hambre ninguna, le pedí algo de arroz que luego casi ni probó.

Pasaron las horas y seguían poniéndole más antibióticos, vitaminas y dos tipos de suero. Pero él seguía teniendo diarrea con sangre. Le pregunté al médico el por qué de la sangre y se limitó a subir los hombros en señal de, no se. Ahí decidí llamar a un amigo médico (gracias Galo) y que me dijese qué hacer. Estábamos a 14 horas de la capital (en taxi privado y 400€ y, aunque hay aeropuerto, solo hay dos vuelos a la semana) y quería saber si tendríamos que empezar a movernos cuanto antes. Le dije todos los síntomas y toda la medicación. Me dijo que era la llamada “Diarrea del viajero” y que la sangre formaba parte de los síntomas. Que todo el tratamiento era correcto y que no había razón para preocuparse. Aliviados, seguimos esperando que pasaran las 8 horas. Al final del día ya se encontraba algo mejor, débil, pero sin fiebre.

El ir a Bel sur Mer tendría que esperar, así que ya no entraba en los planes. Nos quedaríamos en Morondava hasta que Manuel estuviese bien y listo para viajar.

Y así pasaron dos días más en el pueblo pesquero de Morondava. Manuel se fue recuperando y fuimos haciendo pequeños paseos por la playa y por el pueblo. Sacamos muchas fotos a las puestas de sol y descansamos mucho.

Pescadores en la playa de Morondava

Pescadores en la playa de Morondava

La calle principal de Morondava

La calle principal de Morondava

Después de dos días más de descanso y toma de medicamentos, decidimos coger un taxi-brouse a Antananarivo. Desde allí queríamos ir hasta un parque para despedirnos de los lémures en nuestro viaje por Madagascar.

Ya era el día 16 del viaje, habiendo pasado 6 días aquí, cuando empezamos el traslado a la capital, lo que nos llevó 18 horas. Salimos a las 6 e la mañana y llegamos a las 11 de la noche. Buscamos un hotel por internet y allá nos fuimos, a un hotel con aire acondicionado y cómodo para pasar la noche y salir al día siguiente hacia Moramanga, para visitar el Parque Nacional de Andisabe.

Diario del viaje por Madagascar

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5 comentarios

  1. Menudas peripecias por Madagascar! Eso si, menudo susto el de Manuel, como para que se complicara el tema en esas condiciones… Sigo atento del diario, a ver como acaba este viaje 😉

    • Pues sí Millán! Cositas que pasan en los viajes y que uno tiene que encajar y llevarlo lo mejor posible. Lo bueno es que fue algo sencillo… como bien dices, si se complicase, pues… eso… sería complicado! 😉
      Muchas gracias por pasarte!
      Un abrazo

  2. Muy chulos los arboles de la avenida, la verdad es que el tema del hospital fue muy surrealista… jeje

    Esa diarrea del viajero se debe a algo en particular o es habitual al probar tantos tipos diferentes de comida y cambios de clima?

    Un saludo

    • Hola Mario!
      Los baobabs son impresionantes! Son muy especiales. Sobre la diarrea del viajero, parece ser que es bastante común y viene dado por una bacteria, virus o parásito. Se coge por la bebida o comida contaminada con esos microorganismos. No tiene que ver con el clima ni por la variedad, pero está claro que a mayor número de días de viaje y variedad de comidas y restaurantes, más riesgos. Aún así, no es nada grave, solo un incordio… Seguiremos comiendo como hasta ahora!
      Gracias por comentar! Un abrazo!

      • mariotodotailandia

        ¡Oído cocina! Digamos que es porque no estamos habituados al tipo de bacterias que tiene la comida en esos países ¿verdad?

        He tenido compañeros de viaje que comiendo lo mismo que yo se han puesto fatal del estomago durante varios días…

        Un saludo,
        Mario

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